El Corsé del Siglo XXI para las Mujeres. El culto al cuerpo y a su exhibición ha sido el gran legado que hemos heredado con el nuevo siglo y que está increchendo hasta cotas imprevisibles. Dentro de esta nueva realidad de sobre-exposición y sobre-valoración del cuerpo el ideal de belleza ha ido evolucionando hasta incorporar cada vez cuerpos más delgados y esbeltos.
Y aunque ni mujeres ni hombres pueden permanecer ajeno a esta influencia, los estándares socioculturales de belleza no han discurrido de forma paralela para ambos. Para las mujeres el valor en alza está representado por los “cuerpos tubulares”, esbeltos y extremadamente delgados en los que se desdibujan las curvas y se revaloriza el volumen del pecho, enfrentando a estas a una guerra contra “natura” con sus caderas. Para los hombres el cuerpo ideal es un cuerpo musculoso, que se cultiva a través del ejercicio físico. Así frente a la imagen “débil” y “frágil” de la delgadez femenina se está afianzando la imagen “fuerte” y “vigorosa” del cuerpo masculino.
Esta mayor “objetivización” de los cuerpos de las mujeres contribuye a que sean estas las que reciben un mayor número de mensajes a través de los medios de comunicación y la publicidad, sobre como perder peso y alcanzar el atractivo físico a costa de tener un cuerpo extremadamente delgado. En consecuencia son las mujeres las que muestran una mayor preocupación por la imagen corporal y una mayor insatisfacción con esta, a pesar de que los estudios muestran que son ellos los que tienen un mayor nivel de sobrepeso.
Y este “descontento normativo” las hace a ellas más vulnerables a desarrollar graves trastornos que llegan a comprometer incluso su supervivencia como son los Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA). En consecuencia la presión que se ejerce para garantizar la adherencia a los estándares socioculturales de belleza muestra en aquellas personas que desarrollan un TCA –una patología en alza- sus consecuencias más dramáticas, constituyendo los problemas relativos a la imagen corporal una de sus señas de identidad, como no podría ser de otro modo. Esta insatisfacción corporal que de forma acentuada manifiestan las personas con TCA viene desencadenada por un peligroso proceso de asociaciones que comienza con la que se establece entre cuerpo extremadamente delgado (o ya emaciado) y el autoconcepto. De tal modo que se extienden sus creencias negativas sobre su apariencia física al conjunto de características estructurales del “yo”, equiparando la evaluación de su autoconcepto a la que hacen de su imagen corporal. Y así la valoración negativa del cuerpo invade todo su autoconcepto.
Para pasar fácilmente al siguiente nivel: el atractivo físico autopercibido condiciona la valoración del autoconcepto: la autoestima. Permitiendo que una variable tan importante para el bienestar personal quede supeditada a algo tan externo, variable y en gran medida ajeno a nuestro control como es la apariencia física. Pero las mujeres tenemos que hacer un frente común contra esta objetivización de nuestro cuerpo y las consecuencias que tienen sobre nuestra salud en general y sobre nuestra capacidad para disfrutar de la sexualidad en particular. Ya que la sexualidad es en definitiva UN LENGUAJE CORPORAL y NADIE QUE NO ESTÉ RECONCILIADO CON SU CUERPO PODRÁ DISFRUTARLA PLENAMENTE.

